16 de enero de 2014

El amor no es ciego, el amor ciega.

Lo que declara en tus ojos
la guerra a mi sueño
es esa verde y verídica
mirada tuya.
Me desarmas, me rompes,
me dejas ciego.
Juegas conmigo,
-yo me dejo-,
como un muñeco roto.
Me atraviesas,
muero por un minuto
-a veces son décadas-.
Creo ver una chispa
que desafía mis tinieblas.
Veo mil emociones
a medias, inacabadas,
y esa colección tuya
de sonrisas
tristemente dedicadas
por ilusos; a traición...
Sé que todas son robadas.

Y veo a ciegas.
Y veo, y veo, y veo.
Hasta que ya no veo.
Ni oigo, ni hablo.
Mudo de asombro,
tímidamente fascinado.
Pienso: no, no pienso.
Blasfemo, me da igual.
Me desespero, me desvivo.
Me vuelvo loco.
No, ¡ya estoy loco!
Mejor espero...
¿a qué?
Me muevo: no puedo,
ya no sé, déjame.
No, espera,
no te vayas, espera.
Me acerco a ti;
¿por qué?
No me atrevo.
Me alejo, no quiero.
Te abrazo,
entonces lo veo.

"¿El qué?"

Te veo a ti.
Veo ganas de todo lo anterior.
Veo todas mis ganas de vivir.

Manu Riaño.

12 de enero de 2014

Cómo enamorar hablando en público

Hace unos meses, leí un libro titulado Cómo enamorar hablando en público, de Míchel Suñén. Se trata de una pequeña guía que consta de ocho sencillos pasos para mejorar la oratoria del lector. He de decir que mi discurso mejoró progresivamente tras la lectura de este libro, mis exposiciones se hacían más amenas, con más contenido, y mi entonación era insuperable (modestia aparte). Lo peculiar de este libro es su estructura: está dividido en ocho capítulos en los que en cada uno se cuenta un episodio de la vida de nuestro protagonista, Horacio, intentando enamorar a una mujer mediante una declaración. Al finalizar cada capítulo, se exponen sus errores y las razones de su fracaso (hasta que, como es lógico, en el último capítulo alcanza su meta).
Siendo sincero, no querría hablar del libro, sino de la verdadera práctica de enamorar hablando en público.

Imagináos que llega un momento en el que estáis en la piel de Horacio. La oratoria que tanto tiempo llevais perfeccionando nos va a proporcionar otro uso que no sea aprobar unas simples (o complicadas, mejor dicho) prácticas universitarias. Debeís enamorar, en su más estricto sentido, hablando con voz alta y clara.
Como os explicaría ese libro (y de forma muy resumida), elegir el momento y el lugar es fundamental, y el tema debe interesar al público. Si se cumplen estos tres factores, pasamos al registro, formal o informal, dependiendo de nuestro/s oyente/s. A continuación, dar una amplia respiración llena de confianza y encantar al objetivo durante el tiempo que sea necesario o conveniente.

Puestos en el supuesto (y valga la redundancia), listos para hablar; entonces, justo antes de que podamos completar la primera sílaba, unos ojos se clavan en los nuestros, cortan nuestra voz, garabatean nuestro discurso y hacen temblar nuestra oratoria. Todo a la vez y bien mezclado. ¿Qué hacer?
¿En qué narices debe un ser humano pensar cuando una mirada te corta la respiración? ¿Cómo podemos reaccionar?
Hablando en primera persona del episodio jamás contado de nuestro querido Horacio...

Lo primero que pensé... Nada, no pude pensar nada. Ni pensé. Mi mente quedó más blanca y vacía que los límites del Realismo. No había reacción, una parálisis inminente de mis funciones motoras y nerviosas habían causado el vacío en mi faringe. Todas mis neuronas olvidaron hacer la sinapsis durante un breve segundo para nublarme la cabeza.

Lo segundo, pensé en agarrar mi libro de Cómo enamorar hablando en público, buscar y encontrar a ese condenado Míchel Suñén, agarrarlo por el pescuezo y abofetearle una y otra vez con el libro, por engañarme de esa manera y no advertirme que el inepto de Horacio era una simple marioneta utópica de su guía hacia la oratoria.

Lo tercero... Dios sabe dónde tenía mi cabeza, ni yo sé en qué pensaba. Mi mente estaba más mareada que una resaca de Baudelaire; mis ideas, más divididas que Fernando Pessoa; mis palabras salían como el primer garabato de Apollinaire, y si os hablase de dónde estaban mis ojos en ese momento, os podría decir que se habían perdido en otros que estaban clavados en mí, perplejos y algo impacientes, esperando una reacción, y apuesto que pensando que soy imbécil (y no los culpo, mi cara sí que debía ser un poema surrealista); y para colmo, se asemejaban tanto a las praderas de las que tanto me hablaba Butler Yeats...

Y es entonces cuando te das cuenta de que estás murmurando sinsentidos, que eres como la ebriedad de Bukowski en un patético intento por enamorar. Básicamente, hablando con simpleza, pareces un crío de cinco años pidiendo perdón a sus padres por romper nosequé jarrón de tu tía, entre balbuceos y estupideces.

Eso; eso es lo que ocurre cuando creemos dominar una oratoria dedicada a la razón. Podemos estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, con el tema más oportuno para el público más oportunista, y estar cargados de decisión mientras tomamos aire para hablar alto y claro. Pero, indudablemente, chocaremos. Nos golpearemos estrepitosamente con la pérdida de la razón y la aparición del sentimiento, demostando, una vez más, que la coherencia no es rival para estos. Que nos emborracharán de ideas absurdas que rompen con todos los esquemas que teníamos en mente, tanto en ese momento, como a lo largo de nuestra vida. 

Una guía de cómo enamorar sin estar enamorado... ¡Si es que hay veces que la razón humana llega a absurdos inestimables!
¡Lo que hay que leer! ¡Feliz domingo a todos!

Manu Riaño
____
Demostramos,
una vez más,
que la poesía no nos hace
dueños
de nosotros mismos. 
Demostramos,
una vez más,
que un Romanticismo siempre dará
mil vueltas
a cien Realismos.

4 de diciembre de 2013

Condenadas desilusiones

De desilusiones trata la vida, me digo yo. Es algo realmente triste, una desilusión que significa la pérdida absoluta de la esperanza de un individuo, cuando se da cuenta de que no hay nada que hacer ni nada en que creer. La desilusiones que rodean nuestra existencia, que oscilan desde los llantos de un niño que descubre que los Reyes Magos no son reales, hasta el día que uno se da cuenta de que la vida no era tan fácil como se pinta en la puñetera televisión, que uno no deja huella y tiene el lujo de desaparecer entre aplausos.
Solemos entender las desilusiones de la vida como una forma de "madurar" (o eso dicen). Yo, personalmente, no lo creo.

Y la peor desilusión, si me permiten el tópico romántico, es cuando uno se da cuenta de que el amor es un chiste.
Créanme, no hay nada más triste que un corazón roto. Ver cómo una persona ha perdido toda la esperanza al descubrir que el amor es tan solo una broma de mal gusto demasiado larga (y al mismo tiempo, demasiado efímera). Ver que el cuerpo le pide dejar de creer, cómo empieza por una desoladora desesperación que, muy lentamente (demasiado, si me preguntan), se convierte en una monótona enfermedad, y ver cómo se vacía de ilusión su mirada. Lo horrible que es mirar a alguien a los ojos y descubrir que ya lo da todo por perdido, que ya no hay nada en qué creer, que enamorarse es un cuento sin final feliz. Es doloroso ver a los que se desengañaron hace tiempo, ya inertes, viviendo de forma inércica... tan triste como dejar de escuchar la risa pueril de un niño que ya ha perdido la inocencia.

Esos desengañados que, en secreto, siguen indagando en sus entrañas con la esperanza de encontrar una pequeña llama que les haga sentir la calidez que en un tiempo sintieron, hasta poder quemar otra vez su cuerpo inflamable de esperanza y resucitar de tan aterradora enfermedad.
Es triste. Es terriblemente triste, ver como ocultan su esperanza, y que al mismo tiempo, conozcan las dolorosas consecuencias.
Es triste, pues conozco el verdadero miedo de estos individuos: miedo de no volver a sentir. A pesar de todas las cicatrices cargadas de dolor y desilusión, lo único que temen es no volver a vivir sin miedo a quemarse.

Y luego se dice que un corazón roto ayuda a madurar. Por favor (y sin él): no me hagan reír.
Esos imbéciles caerán una y otra vez, porque en el fondo, es terriblemente triste vivir desengañado.
Esos imbéciles, si me permiten, son los imbéciles más valientes que viven entre nosotros, verdaderos dementes que tropiezan con la misma piedra, y si es necesario, con una montaña.

Y lo digo yo, creedme, ya desengañado desde hace un tiempo, un desesperanzado veterano que he dejado de creer, y que en un dudoso hálito de esperanza nocturna, intento encender la condenada mecha de mi cuerpo con unas cerillas mojadas.

Es triste, pero cállense.
Qué sabrán ustedes, ineptos inertes que viven a la deriva de la inercia.
Y qué sabré yo, que soy un demente, y además joven.
Cállense, tristes serán ustedes.

Manu Riaño

1 de diciembre de 2013

¡Hasta siempre, Pessoa!

Ayer se cumplieron 78 años desde la muerte de Fernando Pessoa, poeta portugués.
Con él, se fueron los grandes Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos... y unas cuantas máscaras más que se tornaron fútiles un 30 de noviembre.
Alberto Caeiro probablemente esté absorto en su vida pastoril, pesando en su infancia allá donde haya una vida tranquila y despreocupada, pensando en la felicidad renacentista, mientras que Ricardo Reis ya habrá atravesado el Hades, más lejos que todos los dioses clásicos, habrá conseguido conquistar a Venus, plantar cara al mismísimo Júpiter y aprender de Diana.
Por otra parte, Álvaro de Campos llegó a su única conclusión, y por fin se fue al infierno sin nosotros, ya que nosotros no nos íbamos al infierno sin él. Nadie le llevó del brazo, y solo dejó una cajetilla de tabaco y una carta de amor (ridícula, como no).
Pessoa nos habría contado la muerte de muchas maneras, habría creado más máscaras, y habría sentido por todos nosotros.

¿Quién dice que no seamos más que una máscara de otro poeta?

Por ello, siempre debemos recordar que Pessoa eramos todos, pero Pessoa no era nadie. Era el beso entre el Realismo y el Romanticismo, una hipérbole del Renacimiento y un clásico empedernido. ¿Quién fue Pessoa, sino un fingidor que fingió un dolor que en verdad sintió? Una sátira entre el extremo burgués y anarquista, un símbolo harto de ser sueño, la espantosa realidad de todas las cosas.
Pessoa fueron cuatro poetas independientes, Pessoa somos todos los que le sentimos aún, y al final, la única conclusión posible, Pessoa no era nadie.

Hoy, me despido de nuevo de tan gran poeta... ¿era poeta?

Manu Riaño.
_________________
¿Qué es de lo que de mí fue?
Recuerdo vagamente
el vago no sé qué
ha pasado y se siente.

Si fue hace mucho o poco
cuando aquello pasó,
yo no lo sé tampoco,
pues ni sé qué soy yo.

Solo sé que hoy me agrada
ver aquella visión.
Sé que no veo nada,
si no es el corazón.
-F. Pessoa

24 de noviembre de 2013

No por cansancio

Domingo por cansancio.
Aunque no,
no es cansancio,
sino el dolor tras
respirar,
o al suspirar,
cuando me pesa el
alma
al pasear tu mirada
por la mía,
y dejarme solo,
cansado en desasosiego,
sin calma.
Solo miedo
de encontrar
el reflejo de
nada.

Manu Riaño.
________________
<<No, ni una sola mirada de un hombre
ponga su vidrio sobre el mármol celeste.
No le toquéis. No podríais. Él supo,
sólo él supo. Carne sólo para amor. Vida sólo
por amor. Sí, que los ríos
apresuren su curso; que el agua
se haga sangre; que la orilla
su verdor acumule; que el empuje
hacia el mar sea hacia ti, cuerpo augusto,
cuerpo noble de luz que te diste crujiendo
con amor, como tierra, como roca, cual grito
de fusión, como rayo repentino que a un pecho
total único del vivir acertase. 
>>
-Vicente Aleixandre.
Poema dedicado a la muerte de Miguel Hernández, poeta que luchó con tres heridas: la de la vida, la del amor, y la de la muerte. Nadie fue capaz de cerrarle los ojos al fallecer.

17 de noviembre de 2013

Felices Noaunvidades

¡Un muy feliz domingo a todos!
Ya empieza la época de pasear por casa con una manta puesta a todas horas y de hacer chocolate caliente a la mínima de cambio (podemos imaginar que es Hogwarts, llevamos túnica, y estamos en clase de pociones). ¡El invierno se acerca! Hoy toca mi entrada anual cercana a la Navidad que habla del frío y del curioso comportamiento de la gente.
Entramos en la estación gélida y yo echo de menos oír un sutil y delicado "FAE UN CUTU QU'ESCARABAYA EL PELLEYU", que soy un asturiano en Madrid (lo ha sustituido el "Buah, mazo frío que hace, tronco"), mientras proponemos unas cervezas en un bar calentito y empezamos a hablar de las Noaunvidades.
Noaunvidades, han leído ustedes bien. "¿De qué narices nos habla este?", se preguntarán...
Bien, denominamos Noaunvidades a ese fenómeno que ocurre uno o dos meses antes de las Navidades... cuando la gente cree firmemente que ya es hora de sacar el condenado árbol, anunciar ofertas en los mazapanes y adornos navideños, colgar un ridículo Papá Noel de sus cuatro ventanas... Y lo hacen con suma normalidad y devoción. Sí, las Navidades, que en teoría no duran más de dos semanas, parecen durar desde finales de octubre, hasta principios de febrero (porque luego nos da pereza recoger el árbol. Por no hablar de los mazapanes y el turrón, que duran hasta mayo).
Sí, todos tenemos ganas de jugar entre la nieve (y al final, no nieva nunca), de que haya regalos (porque la economía está muy bien, ¡vaya inocentes si creéis que os van a regalar la Play 4 con esas notas!), de pasar tiempo en familia (o eso dicen las películas, ¿verdad?), etcétera.

¿Tantas ganas tenemos de evadirnos? ¡Despertad, merluzos! Que comer las 12 uvas a tiempo no nos va a solucionar la vida. Sí, vaya Grinch estoy hecho, ¿verdad? Pero cada día lo veo más claro. ¿De verdad necesitamos una época fijada en un calendario para ser amables, buenas personas y pasar tiempo con nuestros seres queridos? Y para gastar como condenados, todo sea dicho, que es el quid de las tan bien recibidas fiestas.
Anda, qué bien nos lo tienen vendido. Si pensasemos como si viviéramos en Navidades todo el condenado año, ¡seríamos taaaan felices! Pero bueno, tal vez sea mucho pedir, amigos.
Y no lo digo enfadado, ni mucho menos. Yo me lo paso de lujo con este panorama, brindando por cada Papá Noel que veo colgado en una ventana e inflándome a mazapanes hasta mayo.
Si yo también estoy atolondrado y caigo en la trampa, pero es una trampa tan cálida y tan bien preparada...

En fin, compañeros, ¡porque algún día pensemos como unas Navidades durante todo el año!
¡Felices Noaunvidades!

Manu Riaño

10 de noviembre de 2013

Y otro, otro trago.

Mírate.
Bécquer creyendo en Dios
por haberle mirado.
Y yo, que en ti
solo pienso a ratos...
Solo en ti... solo a ratos...
Solo para concluir
que le sobra hielo
al whisky barato.

No me decanto;
incoherente en decadencia,
decadente sin decencia,
indecente sin coherencia.
Abandono mi ánima.
Que lo decida
el próximo trago.


Manu Riaño