19 de julio de 2014

Noches como Heminway

Esta parece ser una de las muchas noches en la que me dormiré vagabundeando por el salón, torturándome una y otra vez con el fantasma de la desesperación que viene horas después de ponerse el Sol. Parece que será una de esas noches en las que soñaré contigo, más de lo que suelo soñar por el día, y te hablaré, como habla un viejo decrépito que no sabe qué le dice a su receptor inexistente, como habla el loco que es consciente de su demencia desde la ignorancia exterior: te hablaré como el triste que suelo ser por las noches.

Sabes, últimamente bebo por beber. Por sed, por sequía, por no tener sed, por revolcarme con un sentimiento marchito, lleno de malas hierbas que riego con la primera botella que encuentro en el desorden que nubla mi vista. Ya no sé qué hacer con todas estas horas malditas que me atormentan y me repiten que tú sabrías leer a través del vidrio de mis ojos cansados. Quiero rendirme, no tener que aguantarte más, pero rendirse no parece una opción de la que yo pueda emitir veredicto alguno; eres injusta conmigo, como todas las noches. Puedo sonreír, y que la amargura haga de la sonrisa una mueca terrible. Para qué. También me canso de decir que cada fiesta ha sido la mejor de mi vida. Olvídalo, de mi vida ni hablemos; me asusta todo, me aterroriza la idea de vivir en la soledad de mi perdida cordura y verme agarrado a la misma botella, cada noche, porque no soy capaz de desterrarte. De todas las cosas en las que querría convertirme, un viejo loco y borracho no es una de ellas, y menos sabiendo que al mirarme al espejo, solo podré ver por la fuerza del sino la decepción de mis ojos pasados, llenos de culpabilidad, parpadeando reproches y secos de resignación. Los días pasan, y lo peor es que las noches también. Cada noche intento vivir como Heminway, y sé que la vida no funciona así. Las botellas no alivian el dolor; lo aplazan, y hacen de mi cabeza un lugar terriblemente vulnerable a ti.
Esta noche me doy cuenta de que todos bebemos porque tenemos miedo. Miedo de no beber una noche y que desaparezcan los escasos recuerdos bellos que conservamos y nos ayudan a ver al amanecer, pero que las pesadillas persistan, rodeándonos como buitres a la carroña.

Sí, cada noche intento vivir como Heminway, y acabo como el imbécil de Bukowski. Pero cada noche sigo soñando, admirando las pesadillas que me traes, y sueño con la noche en que me vuelvas a acompañar con una botella, y los dos seamos poetas malditos.
Al fin y al cabo, siempre llego a ver el amanecer.

Manu Riaño

15 de julio de 2014

Un día de furia

«¿Y si lo realmente difícil de la existencia fueran esos pequeños inconvenientes cotidianos?. Eso plantea Bukowski en su poema “El cordón del zapato”, en el cual sitúa la locura en todas aquellas cosas de la vida cotidiana que nos desesperan. Un cuadro torcido, una gotera, las averías del coche, la caída del azucarero, la mancha de café en la camisa, y todos aquellos contratiempos que nos sacan de quicio».

- David Noriega, La terrible cordura del idiota (Blog)

Sé de sobra que no le caigo bien a la vida, pero odio cuando me lo recuerda. Como hoy. Hoy es un día de furia en mi cabeza, como esos que todos hemos vivido alguna vez, y puedo notar la sangre hirviendo por mi cuerpo recordándome que puedo estallar en cualquier momento.

Y lo peor, como bien ocurre siempre, es que son nimiedades del día a día lo que pueden hacer que uno se vuelva loco. Puedes estar en bancarrota, haber salido mal parado de una relación, haberte roto la muñeca, hasta te pueden haber cerrado el grado que estabas estudiando... Pero saldrás adelante. Porque, en el fondo, no hay nada comparado con esos pequeños momentos cotidianos en los que soltamos algún que otro taco por instinto. Esos son los peores. Esos pueden acabar con tu salud mental. Esos pueden acabar con tu vida si la vida decide ahogarte con ellos.

Como por ejemplo, despertarte de resaca, descubrir cincuenta euros menos en tu cartera, quemarte los labios, que se te caiga la taza de café y quemarte los pies, descubrir que no tienes tabaco, bajar en zapatillas sin darte cuenta, que llueva, que te cierren el estanco en tus narices, que los bares estén cerrados por vacaciones, haberte dejado la cartera y que el camarero no se fíe de tu mayoría de edad (porque hay veces que la barba no es suficiente, al parecer), que los niños chillen, que te falten cinco céntimos porque el tabaco ha vuelto a subir, volver a casa con las manos vacías y descubrir que te has dejado el aceite hirviendo, que la fregona se rompa, olvidarte de comprar comida, que la cola del supermercado sea larga y avance lentamente, que haya una persona de avanzada edad que no sepa contar la calderilla a la hora de pagar, que se te rompa una bolsa, que te pidan un cigarro y recordar que no tienes tabaco, que siga lloviendo, resbalar, confundir el "sí" con el "no" a la hora de guardar los cambios en un documento, perder los apuntes, fallar más preguntas de lo habitual en un test de conducir, que se te haya olvidado comprar algo, que se te rompa una cuerda de la guitarra, que el bus llegue más tarde de lo habitual (y que ni siquiera llegue), pasar una página del libro que estás leyendo y esta se rompa, perder una púa, que no haya señal en la televisión, que los vecinos discutan a gritos, que la resaca no se pase, cortarte mientras te recortas la barba, que te pique un mosquito (un centenar de veces), que se te manche la camisa justo cuando acaba de salir de la lavadora, un apagón, un plato roto...

Mirándolo de otro modo, todo eso es normal. Accidentes cotidianos que pueden ocurrirle a cualquiera. Pero si la vida está dispuesta a aplastarte, lo hará, y entonces será cuando notes esa sensación ácida por tu cuerpo, brasas incandescentes en la garganta, veneno en la saliva, un terremoto en la cabeza... Sentir que puedes convertirte en un asesino sin darte cuenta. Un mero impulso causado por un mal día y acabarás volviendote un asesino psicópata y esquizofrénico.

Me lo imagino.
Hoy me lo puedo imaginar. Me imagino a cualquier amigo dándome una palmadita más fuerte de lo habitual en la espalda mientras me pregunta "¿Qué tal?", y que la única respuesta sea romperle todos y cada uno de los doscientos séis huesos de su cuerpo, disfrutar de cada crujido, estrangularle, patearle la caja torácica hasta que deje de respirar... Me lo imagino. Me volvería un homicida en tan solo una tarde, y me imagino a las vecinas diciendo en las noticias "Manuel era un chico muy normal, siempre saludaba". Me las imagino perfectamente.

Ja.
Apuesto a que muchos asesinatos sin explicación a lo largo de la historia fueron por un día de furia como este. No sé cómo sonarán las voces en la cabeza de un psicópata, pero seguro que se parecen a niños chillando, vecinos discutiendo, la anciana que no sabe contar en el supermercado, el camarero chulo que se niega a venderte tabaco, al palo de la fregona quebrándose...
Sí. Seguro que suenan así.

Todos tenemos un mal día, un día de furia. Seguro que muchos de vosotros los habéis vivido alguna vez. Hoy es mi día de furia, y las formalidades que tengo con la vida se han visto increíblemente reducidas a un mero corte de manga al cielo. Lo peor: no existen remedios contra estos condenados días. Hoy voy a hacer una fortaleza de sábanas a mi alrededor y evitaré el contacto con el mundo.
No querría volverme un asesino.

Porque esta mañana ha llovido... poco, pero ha llovido. Y no quiero saber qué ocurrirá si piso el único charco que debe haberse formado.

Manu Riaño

10 de julio de 2014

La revolución entre el centeno

Hay días en los que sentimos una catatonia según nos levantamos, nos llenamos de nostalgia y nos da por echar la vista atrás y analizar todo nuestro pasado. En otras palabras, y dispuesto a hacer una introducción corta, hoy he abierto el baúl de los recuerdos, literalmente hablando.

Todos hemos vivido una época en la que nos habíamos aferrado a una idea (bueno, idea, grupo de música, libro... lo que sea) y no había manera de quitárnosla de la cabeza. Pues estaba yo echando un ojo a esas épocas fugaces de Green Day, Blink 182, el anarcosindicalismo (sin saber yo muy bien de qué iba el rollo, pero yo me apuntaba a todo), el emo-metal (sí, amigos. Sí)... Y me he encontrado con un libro que marcó un antes y un después en mi vida (y seguro que también lo marcó en otras tantas generaciones). Hablo del famoso El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. La verdad, fue una grata sorpresa ver que no había perdido el libro y descubrir que simplemente soy un desastre para el orden. Ese icónico libro que todo adolescente joven ha leído y sintió estallar una revolución en su interior, famoso por ser relacionado tantas veces con la muerte de John Lennon, protagonista en centenares de canciones y relatos... Vaya, que menuda añoranza la que sentí al leer el nombre de Holden Caulfield otra vez.

Sin esperar ni un segundo y con la emoción en el pecho, decidí volver a leerlo.
Y qué error por mi parte.

El guardián entre el centeno es el libro donde todo empezó. Un chaval de unos quince o dieciséis años que no entiende el mundo, y el mundo tampoco le entiende a él. Un joven al que le aplastan las incongruencias de la vida y decide escapar, que se enfrenta al mundo sabiendo que este se lo va a comer. Un loco que resultó no estar tan loco. El libro está narrado desde la cabeza de Holden Caulfield: cada pensamiento, cada idea que tiene, la tenemos nosotros. Cada vez que siente la angustia de la sociedad en la que vive, la soledad que soporta, la impotencia frente a cualquier injusticia, el odio a la falsedad, las dudas de las pequeñas cosas de la vida... Nosotros lo sentimos igual. Cada vez que parece que su mente se va por las ramas y desemboca en una situación surrealista, cuando creemos que está loco, descubrimos que no es así. Esa demencia que percibimos, en verdad, nos acompaña siempre, solo que no tenemos a nadie que la esté leyendo...
Holden no quería empezar una revolución porque no sabía nada ni entendía el mundo... y aún así, los lectores que estuvimos en su cabeza quisimos empezar una revolución, sin saber contra quién, pero con la certeza de empezarla. 
Ese libro fue, para muchos, el primer libro que nos hizo levantar la cabeza... el primero de muchos.

Lamentablemente, cuando me refiero a nosotros, hablo de nuestros revolucionarios quince o dieciséis años. 

Fue un error con el que no conté. Me estoy acercando a la segunda década de edad, y por poco que parezcan cuatro años de diferencia, son muchas las cosas que cambian. Han sido muchos los autores que han pasado por mis manos, y muchas cosas las que uno ha aprendido... Mihura, Pessoa, Beckett, Yeats, Bukowski (con el que soy tan pesado, sí), Trabucchi, Capote... Llega un momento en el que, de repente, nuestro querido Holden parece un niño caprichoso y egoísta que no sabe qué hacer.
Más rabia me ha dado a mí esta situación, querido Holden, que fuiste el héroe de toda mi adolescencia, el que me hizo dar un paso al frente y conocer de qué narices va este mundo. Un héroe que, de la noche a la mañana, ha entrado en decadencia frente a mis ojos. Le he visto marchitarse, tropezar, equivocarse, pudrirse ligeramente en mi memoria. Esa revolución que había empezado hace casi cinco años se había debilitado un poco.

Cerré el libro y lo volví a guardar. Esta vez lo dejé donde más desorden hay y menos probable es volver a encontrarlo.

Amigos, a veces la nostalgia nos la juega. El pasado embellece a medida que pasa el tiempo y cada día nos parece una época más atractiva. Pero en el fondo, está bien que se mantenga simplemente como el pasado. Los recuerdos perdurarán hermosos en la memoria... no seamos egoístas y los vayamos a estropear.

Desde aquí, le mando un saludo a Holden Caulfield. Al fin y al cabo, confieso que gracias a él descubrí el whisky.

Por su antihéroe,

Manu Riaño

«La gente siempre aplaude a las cosas que no debe» -Holden Caulfield

9 de junio de 2014

¡Invito a la próxima ronda!

Vaya año más caótico, ¿no creéis? 

Ya estoy más que acostumbrado a despertarme en pisos que desconozco, acostumbrado a no desayunar, a que la comida me sepa a tabaco y el agua a alcohol, a salir a la calle para maldecir la luz que me quema las retinas, palpar el bolsillo buscando algo de dinero y encontrarme una cajetilla sin cigarros, llena de una sensación de vergüenza que ya familiarizo con estos despertares que me quitan la vida.

De todas las cosas en las que podía haberme convertido, un payaso asociado a la continua ebriedad no es una de las que más me habría gustado a los nueve años. Hay tardes en las que miro mi cara de niño desde el espejo (porque a pesar de tener algo de barba, tengo una cara más bien pueril y me siguen pidiendo el DNI a veces), y detrás de esos párpados tan caídos y desinteresados que tengo, admito sentir pena por no ser un crío otra vez (aunque sigo jugando a Pokemon, que ya es algo).

A día de hoy, todavía hay gente que me reprocha con asco mis hábitos (y el de muchos otros), y otros tantos que se preocupan metiendo sus narices en nuestras razones.
Miradme a los ojos a través de la pantalla.
Tengo tantas razones para resquebrejar mi estado anímico como no tengo ninguna. No molesto a nadie, no soy violento, no persisto en buscar compañía, no busco desesperado ninguna atención, no se me escapan las lágrimas, ni grito palabras incomprensibles, ni aullo mis secretos, ni digo la verdad, ni cuento mentiras, ni me encuentro mal, ni me encuentro bien, ni prometo estupideces, ni desaparezco, ni me desvanezco, ni digo en todas las fiestas "¡Es la mejor fiesta de mi vida!", ni me saco selfies mientras se me cae el móvil al suelo... Ni un largo etcétera, caballeros.

Estoy. Simplemente estoy, que no es poco para mí.
Estoy, y no podría ser más feliz... ¡y me encanta! Adoro celebrar cada minuto, bueno o malo, de cada jornada, incluso esas terribles resacas que no me permiten incorporarme de la cama (y hago unas abdominales penosas intentándolo, asemejándome a una tortuga tumbada sobre su caparazón), y también cuando no me queda dinero para comprar un mísero cigarro, cuando ha sido una mala noche, o cuando ha sido una buena. Porque me encanta intentar recordar lo que se nos olvida al día siguiente, o brindar por las personas que nos han visto en los mejores y en los peores momentos (y no sabrían decir la diferencia)... O para olvidar, incluso. Olvidar noches que es mejor no nombrar con personas que nunca olvidaremos. ¡Que será por desgracias! A alguno le habrá dejado la novia, o tendrá problemas en casa, o estará en bancarrota... y a otro le echan del curro, o le engañaron con otro... o aquellos que han perdido a alguien, o aquellos a quienes no les queda nadie... No tenemos el Imperio Británico en nuestras manos, que digamos... Pero tenemos un espíritu inquebrantable. Me encanta celebrar todo lo que va mal: todas y cada una de las apocalípticas y desastrosas situaciones que han hecho posible cada minuto que he pasado con una cerveza en mi mano y la mejor compañía del mundo.

Admito ser un verdadero desastre, poder dar un penoso perfil en esta vida o llegar a ser un desalmado en tantas ocasiones y en el más amplio sentido de la palabra... pero bueno, ya me tocará arder en el infierno algún día. Hasta entonces, brindo por cada noche, mañana y tarde en la que hemos tenido el colosal valor de salir con una sonrisa de oreja a oreja y convertirnos en los payasos que riegan con un poco de felicidad esta vida que puede ser tan mustia a veces.
Lo celebramos porque tenemos sed o porque no tenemos sed. Porque nos va bien o porque nos va mal. Porque nos pasa algo o para que nos pase algo.
Porque en el fondo, no queremos que se vayan los buenos tiempos (y mucho menos, que se queden los malos).

Se nos acaban los minutos y nos faltan unas cuantas cervezas juntos, amigos.
¡Pero no temáis! ¡Yo invito a la próxima ronda para no perder las buenas costumbres!


En un pequeño arrebato de nostalgia (de los muchos que le quedan),

Manu Riaño

23 de abril de 2014

Carrillo vende el CES Felipe II

La Universidad Complutense de Madrid ha decidido trasladar las cinco facultades del campus de Aranjuez (el CES Felipe II) a la Universidad Rey Juan Carlos, sin previo aviso y con incógnitas que afectan de forma directa a todo el alumnado y profesorado. Fue el 22 de abril de 2014 cuando la noticia llegó a nuestros oídos, y será el 25 de abril de 2014 cuando este negocio chapucero se cierre permanentemente y de forma indefinida. El mismo día que dicha noticia salió a la luz, el alumnado del CES Felipe II redactó una carta de protesta y otra de divulgación exigiendo unos mínimos que garanticen la fluidez de los grados y reivindicando sus derechos ante el rectorado de la UCM.

A continuación, os mostramos los criterios EXIGIDOS por el alumnado: 

A LA ATENCIÓN DEL CONSEJO SOCIAL DE LA UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS  Y UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID:

En Aranjuez, a 23 de Abril de 2014

El alumnado del Centro de Estudios Superiores Felipe II, debido a la nula información recibida sobre el acuerdo de la tramitación del cambio de adscripción del centro en cuestión, exige los siguientes mínimos antes de la firma del convenio que se realizará el próximo viernes 25 de abril, como reivindicación de nuestros derechos y tras haber pagado nuestras matrículas:

PRIMERO.- Información sobre la localización de las facultades del campus de Aranjuez con sus respectivos grados, y su posible reubicación en otro centro físico.

SEGUNDO.-  En el caso de que el alumnado deba realizar un traslado de expediente, que las tasas de este corran a cargo de la UCM, o en última instancia, de la URJC, y en ningún caso a cargo del estudiante.

TERCERO.-  En el caso de extinción del plan de estudios de la UCM, se exige facilidad por parte de la URJC para la convalidación de la totalidad de los créditos ya cursados, y la creación de las carreras inexistentes en dicha universidad.

CUARTO.-  En el caso de que el alumnado del CES Felipe II decida continuar en la UCM, se le garantice un traspaso de plaza a cualquier otro centro de dicha universidad que oferte el grado al que pertenezca el alumno en cuestión, con especial interés en el alumnado que cursa los grados de Traducción e Interpretación y Gestión e Investigación Empresarial.

QUINTO.- Los fondos destinados por parte del estado que recibe la UCM a través de la Comunidad de Madrid (según los datos facilitados por la Fundación Felipe II: 5.651.000 euros más 2.120.000 ingresados gracias a la matriculación del alumnado), gracias a la adscripción del CES Felipe II, sean destinados íntegramente tras el cambio de adscripción a la nueva dirección del centro, y bajo ningún concepto, un aumento de las tasas de matriculación en los cursos posteriores.

SEXTO.- Transparencia en cuanto a la financiación real del centro adscrito a la UCM. Tras realizar una autoría, exigimos que se cubran los presupuestos mínimos necesarios para el correcto funcionamiento del centro con todo lo que ello conlleve: mantenimiento de los puestos de trabajo e infraestructuras. Exigimos que se mantengan los sueldos netos de los trabajadores del CES Felipe II, y que la URJC se comprometa a mantener la oferta formativa en el centro, y en última instancia, complementarla con formación postgrado y doctorado.

SÉPTIMO.- El alumnado del CES Felipe II ve necesaria la oferta de becas de Erasmus y SICUE. Si la URJC se apropia del centro supra citado, se exige que estas becas sigan siendo viables durante los cursos posteriores.

OCTAVO.- Un contrato temporal de un mínimo de seis años entre la URJC y el CES Felipe II que asegure la permanencia de la enseñanza de los grados impartidos.


Se requiere el cumplimiento de lo expuesto anteriormente en la toma de decisiones que afectarán de forma directa al alumnado y profesorado del CES Felipe II.


Fdo.
El alumnado del CES Felipe II con el apoyo de sus representantes,

Judit Munizaga Vivas
Vero Myriam Sánchez Martínez
Jesús Sansegundo López
Maximiliano Clavijo Punscale
Jose Luis Aparicio Monzón
Manuel Riaño Martínez
María Díaz Santos
Paula Raya García
Diego Martínez Álvarez
Juan Fernando Capel Zafrilla
Alba Sánchez-Migallón Arias


DIFUNDIENDO ESTE DOCUMENTO Y FIRMANDO EN EL SIGUIENTE ENLACE PODÉIS AYUDARNOS A NOSOTROS Y A MILES DE ALUMNOS:

http://www.change.org/es/peticiones/ucm-y-urjc-cumplid-vuestros-acuerdos

2 de abril de 2014

La verdad sobre lo que debe durar para siempre

Jóvenes y atolondrados. Así nos vemos, así nos ven; en fin, admitámoslo: así somos. Siempre se nos dijo que hay que sonreír a la vida, incluso cuando esta pretende entorpecer nuestro camino. Nos han aconsejado, nos hemos sumergido en la ilusión y en la determinación, hemos aprendido y nos hemos atrevido a pensar que el Universo nos tiene reservado algo a la vuelta de la esquina. Sí, hemos aprendido a tener la carta del Destino en cuenta, y al mismo tiempo, a saber que no debemos depender de ella. Hemos aprendido que la decisión es lo peor que se puede perder después de la esperanza, y que la fortaleza es lo que hará que nos incorporemos una y otra vez, y así seguir adelante sonrientes.
Fortaleza. Eso es, nos hemos fortalecido. Hemos aprendido a fortalecernos, hemos sabido encerrar y cargar nuestros tormentos cada día, hemos descubierto que podemos confiar plenamente hasta el final. Pero ahora nos decís que el final resulta ser barroco... un posible desengaño en el cual nuestra juventud atolondrada no tiene ni voz ni voto. Nos decís que tarde o temprano, tendremos que frenar, borrar la ilusión de nuestra sonrisa e inundar la determinación de nuestra mirada, abrir la caja de los tormentos y lanzarnos a ella, desesperados, para aprender. No, no lo hemos vivido, pero ahora nos decís que lo viviremos, nos lo han contado y ahora nos sentimos engañados, traicionados, dudosos frente al destino... El señor Universo es una mentira que mantiene la sonrisa frente a la realidad de la vida. En casi una década, se nos ha enseñado que la determinación de nuestra felicidad no se debe perder nunca... y ahora prentendéis que en una hora nos olvidemos. Decís que nos engañamos... cuando los engañados sois vosotros.

No malinterpretéis nuestras palabras.
Somos la generación que está dispuesta a darlo todo por vivir y salir adelante, porque así nos lo habéis contado. Si ahora nos exigís lo contrario, os diremos algo:

Los grandes momentos de la vida no serán necesariamente las cosas que hagamos. También estarán las cosas que nos sucedan. Después de todo, hay que ponerse en pie, y lo que siga será una nueva era en nuestra vida. Nunca subestiméis el poder del destino. En la vida, a menudo, tomamos decisiones que no estamos preparados para asumir; pero vamos a por ellas. Podremos pensar que nuestra única opción es tragarnos la desesperación, angustia, sufrimiento... o echárselo a otro a la cara. Pero hay otra opción: olvidarlo. Y si somos honesto con nosotros mismos sobre lo que queremos en la vida, la vida nos lo da.
Es curioso recordar aquellos días sin saber hacia dónde nos dirigíamos exactamente ni qué venía en nuestra dirección... Es gracioso. Es Schmosby.

Y queréis que volvamos a la confusión de la realidad. No. No será así.
Y lo sabemos. Todo está en nuestra contra, pero lo sabemos, lo sentimos en cada fibra de nuestro cuerpo, en cada músculo que nos levanta cada mañana. Nuestra suerte está a punto de cambiar.
Hemos empezado a comernos los fracasos y aún así mirar con una mirada de determinación. Nosotros no nos extinguiremos, aún queremos creer en algo. Y ese algo nos lo disteis vosotros, pero ahora es nuestro.

Nuestra vida nos espera.
Y os aseguro que va a ser legendaria. 

Manu Riaño

18 de marzo de 2014

Tragos de cobarde

Si tan solo,
condicionalmente hablando,
se me permitiera crear
un recuerdo
al que abrazar una vida...
lo quemo, lo escupo,
y así me destrozo;
así, me pierdo.
Destruirlo, pero
esculpirlo con caricias.
Morderlo, para así
acabar comiéndote a besos.
Enterrarlo, pero que no se consuma
con el humo del cigarro.

Termino por verme aullando,
y aullando estupideces
que no diría ni borracho.
Gritar tu nombre
a una noche triste
como los versos de Poe.
Nunca decirte nada,
nunca imaginar verte,
nunca susurrar lo que
te dijo el imbécil de Bécquer.

Y no puedo;
hablo de un recuerdo,
un recuerdo inventado.
Me encierro entre botellas
y tragos, más tragos
de alcohol barato
que saben a mentiras;
unas mentiras bellas
que saben a realidad;
una realidad que arde.
Saben ásperos, saben amargos.
Saben a sangre de cobarde.

Manu Riaño
Y que quieren que les diga: la métrica y la rima están sobrevaloradas.